Resuena con fuerza en mi corazón la emoción vivida por. el regalo sorprendente de la peregrinación a Roma en la muerte del Papa.
1er día lunes 21 – Francisco, reconstruye…
Salimos de madrugada el Lunes Santo, con la alegría de quien acaba de estrenar la Pascua. Íbamos a participar en un derroche de gracia: el Año Jubilar en Roma. A pesar de saber que la audiencia general del miércoles se había suspendido, soñábamos con encontrar al Papa en alguna de las Basílicas. No imaginábamos que viviríamos algo aún más grande.
Muerte del Papa
Nada más llegar al aeropuerto de Barcelona, la noticia de la muerte del Papa sacudió nuestros corazones. Nos invadió la tristeza, el asombro, la incertidumbre… pero también la esperanza de vivir ese momento histórico de una manera única, como auténticos peregrinos de la fe.
Asís
Llegamos a Roma sin contratiempos y nos dirigimos a Asís, esa tierra sagrada de Francisco, el peregrino de la esperanza. Llegamos justos de tiempo a Nuestra Señora de los Ángeles, donde pudimos rezar en la Porciúncula y celebrar nuestra primera Misa Jubilar en la Capilla de Santa Clara. Allí sentimos, como san Francisco, la llamada de Dios a dejarle reconstruir nuestras vidas. ¡Y vaya si lo ha hecho! El Señor ha renovado nuestras almas.




La jornada fue aún más especial porque una de nuestras compañeras cumplía 80 años, y además, un matrimonio celebraba su 40 aniversario. En la Eucaristía renovaron sus promesas matrimoniales y se intercambiaron los anillos, en un momento profundamente emotivo que terminó con una tarta deliciosa que supo a fiesta y a agradecimiento.


Por la noche, pasear por Asís iluminada, llegar hasta la majestuosa Basílica de San Francisco, fue simplemente mágico. Un broche de oro para un día inolvidable.
2º día martes 22 – Reconstruye tu relación personal con Jesús
El martes 22 de abril, tras un buen desayuno, seguimos nuestra peregrinación en Asís. Aquel día comenzamos de verdad la misión de reconstrucción que el Señor nos proponía, reconociendo que solo desde el encuentro personal con Jesús vivo y resucitado podíamos vivir esa novedad de vida que se nos regala. Una relación viva que llevó a Francisco a dejarlo todo por amor, que encendió en el joven Carlo Acutis el deseo de hacer de la Eucaristía su autopista hacia el cielo, que transformó radicalmente a san Pablo en apóstol de las gentes, que dio fuerza a los primeros cristianos para testimoniar su fe hasta el martirio, y que hacia que la muerte del Papa pudiéramos vivirla desde una gran esperanza.
Testigos de Jesús: Clara, Francisco, Carlo, Pablo…. tú y yo
Visitamos lugares santos llenos de gracia: Santa Clara, el beato Carlo Acutis, y la imponente Basílica de San Francisco, donde rezamos profundamente ante su tumba. La sencillez de su sepulcro nos conmovió tanto como la belleza y solemnidad de la Basílica.



Empieza la peregrinación a Roma: Las Catacumbas
Después de una comida libre, emprendimos camino hacia Roma, haciendo una parada especial en las Catacumbas de San Calixto. Allí celebramos la Santa Misa en un lugar verdaderamente sobrecogedor: en medio de las tumbas de los primeros cristianos. Sentimos la fe sencilla, heroica y viva de nuestros hermanos en la fe, y experimentamos una profunda comunión al rezar y ofrecer la Eucaristía por nuestros familiares y amigos fallecidos, aplicando las gracias jubilares. Fue un momento que quedará grabado para siempre en nuestros corazones.



San Pablo Extramuros
Antes de llegar al hotel, visitamos también la Basílica de San Pablo Extramuros, tan imponente y majestuosa, y quizás algo olvidada, pero llena de una paz serena que nos abrazó a todos. La muerte del Papa nos hizo fijarnos sobrecogidos en el medallón con su busto que hay en esa Basílica, a la que falta ponerle el números de días que ha sido Obispo de Roma: ANNOS XII MENSEM I DIES XIV, que significa: 12 años, 1 mes, 14 días.
Ya en Roma, tras la cena, paseamos bajo las estrellas por la Plaza Navona y la Fontana di Trevi, disfrutando de la belleza eterna de una ciudad que rezuma historia y fe en cada rincón.





3er día miércoles 23 – Reconstruye tu relación con la Iglesia
El miércoles 23 de abril fue otro día cargado de emociones. Madrugamos para salir hacia la Plaza de San Pedro y participar en el histórico traslado del cuerpo del Santo Padre desde la Casa Santa Marta hasta la Basílica de San Pedro. La muerte del Papa nos posibilitaba vivir aquel ambiente sobrecogedor, donde miles de personas, experimentábamos la emoción contenida, el recogimiento, ly a oración silenciosa.
Oración ante el cuerpo del Santo Pablo
Al acabar, nos pusimos en la larga cola para atravesar la Puerta Santa y rezar ante el cuerpo del Papa. Aunque la espera fue dura —por el calor y la multitud—, el corazón rebosaba gratitud de poder estar allí, sintiéndonos iglesia ante la muerte del Papa.
Cruzar la Puerta Santa, signo de misericordia y esperanza, y acercarnos al Papa para darle gracias y pedirle su intercesión fue uno de esos momentos que uno no olvida jamás. Dada la muerte del Papa no pudimos realizar la visita guiada prevista en San Pedro, ya que todo estaba tomado por la gran afluencia de peregrinos, pero aún así, pudimos experimentar la grandeza de pertenecer a esta Iglesia universal.





Iglesia Nacional Española de Santiago y Monserrat en Roma
Por la tarde, tras reponer fuerzas con la comida, nos dirigimos a la Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat, junto a Campo de’ Fiori. Allí, don José Brosell, su rector, nos acogió con una preciosa explicación sobre la importancia de España en la historia de Roma y de la Iglesia, y el significado profundo de este templo tan nuestro. Celebramos allí la Eucaristía, recordando a todas las personas que nos han transmitido la fe, a nuestros padres, abuelos, catequistas… Fue un momento de profunda gratitud y emoción.




Este día, el Señor nos invitaba a reconstruir también nuestra experiencia eclesial: experimentando la inmensidad de la Iglesia universal en San Pedro y la grandeza de nuestra Iglesia española en Montserrat. Justamente, el evangelio del día nos hablaba de los discípulos de Emaús, decepcionados, que huían de la comunidad. Pero el encuentro con Jesús resucitado reconstruyó su fe y los devolvió a la Iglesia para proclamar la buena noticia de la Resurrección. Así también nosotros nos sentimos enviados a volver con más fe, con más amor, con más esperanza.
Plaza de España
Terminamos el día con una cena libre por la animada zona de la Plaza de España donde está la imagen de nuestra patrona, La Inmaculada Concepción y también la embajada española. Alli disfrutamos de los sabores, de la luz, de la alegría de Roma.
Algunos aún tuvieron fuerzas para volver al Vaticano y entrar de nuevo en la Basílica de San Pedro, que ya por la noche, en su silencio, parecía abrazarnos como una madre a sus hijos.



4º día jueves 24 – Reconstruye tu vida en medio del dolor…
El miércoles 24 de abril fue otro de esos días en los que uno siente que está viviendo algo grande, algo que permanecerá para siempre en el corazón.
Coliseo y Foro
Comenzamos temprano, saliendo hacia el Coliseo para nuestra visita guiada. Fue impresionante contemplar esta gran obra del mundo antiguo, testigo de tantas historias de vida y también de muerte. Sabíamos que en esos muros silenciosos resonaba aún la sangre de los primeros cristianos, mártires que dieron su vida por su fe. El calor y la multitud no empañaron la emoción de estar allí, aunque es cierto que, por alguna confusión, un grupo no pudo ver con detalle el Foro Romano. Sin embargo, como todo en la peregrinación, lo vivimos con alegría y comprensión, y nos reencontramos todos en la iglesia de Jesús, de la Compañía de Jesús, un lugar impresionante.






Iglesia del Gesú
Allí nos esperaba otro gran regalo: rezar en la iglesia donde reposan los restos de San Ignacio de Loyola, el gran fundador de la Compañía, y donde también se conserva la mano incorrupta de San Francisco Javier, el gran misionero. Escuchamos la historia de estos dos gigantes de la fe, ejemplos vivos de hombres que dejaron que Cristo reconstruyera en ellos todo lo que parecía imposible, y que luego transformaron el mundo con su testimonio. La emoción era difícil de describir.



Después, compartimos una comida fraterna en un restaurante cercano, Il Delfino, donde pudimos reponer fuerzas y saborear juntos el regalo de la amistad que crecía entre nosotros día a día.
El Panteón
La tarde nos llevó a otro lugar especial: el Panteón. Nuestro guía, Fernando, nos explicó con una pasión contagiosa la historia y la importancia de este monumento: un templo pagano reconvertido en iglesia cristiana, dedicado a Santa María y a los mártires. Sentíamos que era un símbolo perfecto de lo que estábamos viviendo: dejar que Cristo transforme nuestra vida, igual que transformó aquel lugar en un espacio de fe.




San Clemente
Seguimos nuestra peregrinación en la Basílica de San Clemente, donde celebramos la Eucaristía. Una basílica preciosa, cargada de historia y de fe, donde se conservan reliquias de la Pasión de Cristo. La misa allí fue un momento profundo: el ambiente recogido, la belleza del lugar y la fuerza de las lecturas nos invitaban a dejarnos reconstruir desde la fe, especialmente en los momentos de dolor, como Cristo en su pasión o como los mártires en el Coliseo.
A veces el sufrimiento puede hacer tambalear la fe… pero en esos momentos, el encuentro personal con Jesús y la experiencia comunitaria nos sostienen, nos reconstruyen, nos hacen florecer. Fue una llamada a mirar nuestro dolor con ojos nuevos, con ojos de esperanza.



Escalera Santa
Antes de llegar a San Juan de Letrán, hicimos una parada muy especial: la Escalera Santa. Según la tradición, son los 28 peldaños que Jesús subió en el pretorio de Pilato el día de su pasión, traídos a Roma desde Jerusalén por Santa Elena en el siglo IV.
Muchos de nosotros la subimos de rodillas, en silencio, rezando, ofreciendo cada paso por nuestras intenciones, por nuestras familias, por el mundo. Otros la subieron de pie, acompañando con respeto y oración a quienes, peldaño a peldaño, hacían ese gesto de fe y penitencia. Fue un momento profundamente intenso. Cada escalón parecía una herida, un susurro de dolor, pero también de amor. Allí, en ese silencio tan denso como la historia que pisábamos, sentimos la cercanía de Cristo sufriente, que nos mira desde su entrega total.
San Juan de Letrán
Después, conmovidos por esa experiencia, cruzamos la calle y entramos en San Juan de Letrán. La fortísima tormenta que cayó justo en ese momento parecía simbolizar también nuestras propias luchas, pero al cruzar la Puerta Santa, nos sentimos resguardados, acogidos por el Señor. Y como si no pudiera faltar un último regalo, participamos de una adoración eucarística presidida por el cardenal vicario de Roma, Angelo De Donatis, considerado entre los más cercanos al Papa. El recogimiento, la solemnidad, la belleza del lugar y la gracia de la adoración en ese contexto jubilar… nos dejaron sin palabras.







Terminamos el día con cena libre. Algunos optaron por regresar al Vaticano, y muchos volvieron a entrar a rezar en la Basílica de San Pedro, todavía sobrecogidos por la oportunidad de poder orar delante del cuerpo del Santo Padre.
La noche romana, el eco de las oraciones, las calles mojadas por la lluvia… todo hablaba de un Dios que, paso a paso, día a día, iba reconstruyendo nuestras vidas desde lo más hondo.
5º día viernes 25 – Cogidos de la mano de la Virgen, seamos testigos de lo vivido
El último día de nuestra peregrinación comenzó con la tranquilidad de un desayuno algo más tardío, a las 8:30, como si el cuerpo ya pidiera una pequeña tregua después de tantas emociones, caminatas y vivencias. Pero lo que nadie esperaba era la prueba más dura del viaje: en el trayecto en metro hacia la estación de Termini, a dos miembros del grupo les robaron las carteras, con dinero, tarjetas y documentación. Fue un momento de gran desconcierto, impotencia y tristeza. La fragilidad humana se nos hizo presente de golpe, y sin embargo, como en tantas otras ocasiones de esta peregrinación, lo vivido se iluminó a la luz de la fe: nos sosteníamos unos a otros, y nos dolía como si le hubiera pasado a cualquiera de nosotros.
San Pietro in Vincoli
A pesar de este incidente, continuamos con más sentimiento de fraternidad y fuimos a contemplar el imponente Moisés de Miguel Ángel y las cadenas de San Pablo. Allí, la imagen del profeta nos interpeló de una forma inesperada: su gesto firme, casi colérico, señala el momento en que baja del monte y ve al pueblo adorando al becerro de oro. Nos preguntamos: ¿cuántas veces, incluso después de haber vivido el encuentro con Jesús, de habernos reubicado en nuestra comunidad, de haber experimentado la fuerza de su amor en medio de las dificultades… caemos de nuevo? ¿Cuántas veces nos construimos nuestros propios ídolos por miedo o impaciencia? Fue una invitación a dejar que el Señor rompa nuestras cadenas, como lo hizo con el pueblo de Israel, con Moisés, con Pablo en la cárcel… y con cada uno de nosotros. Él quiere liberarnos de lo que nos aprisiona, aunque a veces no sepamos ni cómo pedirlo.





Santa María la Mayor
A las 11:15, celebramos la última Eucaristía de la peregrinación, como el Papa nos presentábamos en la Basílica de Santa María la Mayor, ante la Madre de Dios.
Al llegar nos asustó la enorme cola —pues será allí donde repose el cuerpo del Santo Padre—, y pensamos que por la Muerte del Papa sería imposible entrar y celebrar la Santa Misa, gracias a que teníamos reserva pudimos acceder a la Capilla Cesi, una joya escondida del Renacimiento, que parecía esperarnos y donde celebranmios nuestra última Misa en Roma.






Esta misa fue un verdadero regalo. Como hizo siempre el Papa Francisco, concluimos la peregrinación junto a María, la Madre de la Esperanza. Ella fue la única que sostuvo la fe de la Iglesia en el Sábado Santo, cuando todo parecía perdido,, cuando no había certezas, ni signos, ni palabras… Solo Ella permanecía. Nos sentimos tomados de su mano, como hijos que confían, y le pedimos que nos mantubiera firmes en la fe, incluso cuando no entendamos nada. Que nos enseñe a esperar. De hecho exerimentamos su amor y fortaleza en la experiencia vivida de la muerte del Papa
Después, una comida final nos reunió de nuevo, con gratitud y mucho cansancio, mientras algunos seguían con gestiones en la comisaría. Recogimos maletas, partimos hacia Fiumicino… y con el corazón lleno y un nudo en la garganta, volamos de regreso a casa.
Pero nadie volvió igual que vino. La peregrinación terminó, sí… pero lo que comenzó en nosotros seguirá dando fruto mucho tiempo. Porque hemos sido tocados por la gracia, acompañados por la Virgen, y enviados como testigos de la esperanza.

